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Un ritmo profundo y secreto retumba en el crepúsculo del muelle, una danza amortiguada que no conoce descanso.
Bajo el cielo negro azabache de la noche insomne, el puerto arde con un fervor invisible: la desembocadura exhalando fantasmas de niebla, la gota de lluvia convertida en mercurio sobre el casco, y la mano de carne y bronce que retuerce el brazo del mar.
En el rostro del estibador se refleja un destello de luz trágica y libre, un gesto desafiante al destino trazado en el aire, un gesto desafiante al invierno que atraviesa la sombra como un trazo de sal. Es el latido rebelde de los hombres que pulen el acero con el sudor de su frente antes de que el sol despierte a los cobardes.
Escucha el latido de la noche. Contempla la llama pagana de aquellos que nunca se doblegan: el alma estruendosa y amante de la libertad del puerto.
ADF.
























