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HIJOS DE POSEIDÓN

"Esta noche el mar está calmita", me dice uno de los pescadores de Barbate mientras los arrastreros zarpan, uno tras otro, desde el muelle pesquero del puerto de Cádiz.

Aún no son las ocho de la tarde, y la silueta de la ciudad se va desvaneciendo. A medida que se pone el sol, el horizonte se sumerge en la oscuridad.

A varias millas de distancia, solo se ven pequeñas luces en movimiento, que pertenecen a otros barcos pesqueros que buscan bancos de peces.

En el cielo despejado se puede ver el brillo de las estrellas, mientras que en el mar nocturno se puede contemplar la hipnótica fosforescencia del plancton.

Mientras toman café y bocadillos en el salón y contemplan el cuadro con la imagen de la Virgen del Carmen, situado junto a un ojo de buey por el que entra una brisa fresca, un grupo de hombres se pone los impermeables y se prepara para la tarea que les espera.

Se trata de hombres que, gracias a la tradición familiar y a los conocimientos transmitidos de generación en generación, conocen a la perfección la mayoría de las especies marinas, la dirección y la fuerza de los vientos y los tipos de mareas. Cuentan con una gran experiencia y no saben hacer otra cosa que pescar.

El radar localiza un banco de peces y el barco de arrastre echa el ancla. La pequeña y frágil embarcación ligera, que se balancea con el suave oleaje, comienza a tender la red de cerco mientras los marineros observan desde la cubierta del barco de arrastre.

En el costado de estribor, algunos se preparan para cerrar la red de cerco, recogiendo el arte de pesca con sus manos curtidas y llenas de escamas. Otros, con un salabar en la mano, recogen kilos de pescado para depositarlos más tarde en las cajas blancas de corcho que guardan en la bodega.

Hace tiempo que se han acostumbrado al olor a gasóleo y al balanceo del barco con las olas. Aunque "esta noche el mar está en calma…", empiezo a sentir cierta fatiga por falta de costumbre.

El mar es inmenso y el hombre es frágil, siempre en una lucha constante contra la adversidad para sobrevivir, a la intemperie, con cuidado de no enfadar a Poseidón, capaz de provocar un maremoto, una tormenta marina, hundir un barco en menos de un minuto o arrastrar al marinero que desafía al mar al abismo para siempre. Con suerte, hacia las nueve de la mañana, llegarán al puerto para descargar la captura que se subastará en la lonja. Por la tarde, volverán a zarpar.

Esta es la realidad social que viven estos valientes pescadores con «salitre en la sangre», para quienes el mar es el símbolo de su existencia.